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* La música en la América colonial
* Querido diario

La música en la América colonial

Lilia Rodríguez De León.Universidad de Panamá/ En 1492, el continente americano recibió a muchos aventureros sin dios ni ley. También, arribaron algunos sacerdotes católicos dispuestos a la tarea de evangelizar contra viento y marea. Por aquellos días, era usual que los religiosos tuvieran la formación necesaria para cultivar la música que correspondía a los diferentes ritos. Por su parte, los aventureros traían aún frescas en la memoria las tonadas de amor, los cantos que narraban heroicas batallas y las danzas que estaban de moda en toda Europa.
A su llegada a tierras americanas, los españoles encontraron una música aborigen de instrumentos de viento y de percusión. Poco después llegaron los primeros africanos con sus complejos ritmos y sensuales danzas. Los curas más osados aprovecharon lo que estuviera a su alcance con tal de atraer nuevos fieles. Surgieron cantos religiosos en quechua. Se permitieron representaciones y danzas populares en los atrios de las iglesias. Los coros de indios eran reconocidos por la dulzura de las voces y la calidad de la interpretación. Con pasmosa facilidad, negros e indios aprendían a ejecutar los instrumentos europeos y a dominar el arte de componer música, llegando a crear misas completas.
La música de moda en el viejo continente nos llegaba con algún retraso. Cuando en Europa ya se asomaba el período barroco, en América aún nos deleitábamos con un renacimiento tardío. No obstante, muchas transformaciones tenían lugar. Luego de vivir un tiempo en el continente, los compositores españoles empezaban a notar mágicos sucesos: En sus obras aparecían ritmos que -de seguro- nunca se bailaron en Europa. En medio de una canción a tres voces se les colaba la melodía de una flauta de caña. Las "erres" y "zetas" de los textos se transformaban en "eles" y "eses", endulzadas con la miel de las lenguas africanas. Era como si un diablillo travieso se introdujera en sus casas por las noches, para trastocar lo escrito durante el día. El resultado fue una producción musical llena de un misterioso encanto, que unos pocos estudiosos de hoy se han dedicado a desempolvar de los archivos de los monasterios más antiguos de nuestra América.


Querido diario

Un profesor universitario malagueño realiza el primer estudio en España sobre escritos íntimos entre estudiantes.
Héctor Márquez. (Málaga)/ Un conflicto emocional o familiar aparejado al regalo fortuito del libro en blanco desencadena en la mayoría de los jóvenes sus primeras líneas de confesión calendaria. Más arraigada entre chicas que entre chicos, la necesidad de rellenar las páginas del Querido diario descansa en la convicción adolescente de que hay cosas que no se pueden contar a nadie. "Se nos olvida pronto que la adolescencia es una etapa dura, donde uno vive entre la vigilancia de los padres y la sensación de marginación a la que le somete el resto de la comunidad: el diario tiene entonces un valor importantísimo en la construcción del yo", recuerda Manuel Alberca, profesor de literatura de la Facultad de Ciencias de la Información de Málaga y experto en literatura biográfica, autor del primer estudio que se realiza en España sobre la práctica del diarismo.
Alberca (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1951), está a punto de ver publicado en Barcelona su estudio sobre la población estudiante malagueña. Tras realizar 700 encuestas en distintos institutos de BUP, FP y en facultades andaluzas, se concluye que los diarios son más numerosos de lo que a primera vista podría esperarse "de un país sin apenas tradición de escritura autobiográfica, ni incluso entre escritores".
El 35% de los hombres y el 76% de las mujeres encuestados han llevado un diario en el pasado y/o en el presente."Resulta curioso que en ningún estudio sociológico de entidad como el Informe Foessa o el Estudio de la población española, de Amando de Miguel, se pregunte por esta práctica", admite Alberca. Su cuestionario e investigación son fieles seguidores de los realizados por el mayor experto europeo en escritura de diarios íntimos, Philippe Lejeune, mentor de una asociación francesa donde incluso se recopilan los diarios que de forma anónima, sus ejecutores aceptan entregar para su estudio.
La razón de encuestar exclusivamente a estudiantes sólo ha respondido a razones de facilidad metodológica. Según Alberca, "la escritura del diario íntimo no es patrimonio exclusivo de adolescentes, hay gente que continúa haciéndolo toda su vida, aunque viva períodos de abandono: es necesario quitarle el sambenito que tiene el diarismo de ser una escritura inmadura y narcisista". El mismo Alberca es diarista confeso: "Lo hice en la adolescencia y lo abandoné; luego, con el embarazo de mi mujer volví a hacerlo". ¨Y de qué tratan? Alberca responde con el ejemplo: "Tratan de mi trabajo y de mi hija, básicamente, pero tampoco los dejo leer a nadie; un diario se entrega cuando está muerto".
Su estudio no incluye fragmentos de diarios, pero revela cosas curiosas. Por ejemplo, la precocidad de muchos diaristas. "Mi primer diario lo tuve a los ocho años, durante ocho o nueve meses, pero no empecé a escribir en serio sobre mí hasta los 13 años y aún no lo he dejado", reconoce una chica a los 17. Sin embargo, la mayoría admite haber comenzado entre los 12 y los 16 años, y mantener una frecuencia de escritura que depende directamente "de la intensidad de lo vivido".
Muchos de ellos utilizan escritura metaforizada u otros idiomas, en parte para resguardarse de descubrimientos no deseados. Hay quien se inventa escrituras sólo comprensibles para él. Lo que se desea evitar es el hallazgo por parte de los padres de sus confesiones y, más concretamente, cualquier referencia a cuestiones sexuales.
El comienzo de su escritura recae en dos motivaciones: el deseo de recordar lo vivido y la necesidad de desahogo. Un diarista ya maduro veía en él a "un amigo discreto, no chismoso". Su abandono, en cambio, viene motivado por causas dispares: la falta de tiempo, la normalización de relaciones efectivas, la escasez de cosas interesantes para escribir" y la vivencia de una experiencia de desamor.
Un número muy elevado de diaristas mujeres destruyeron su diario cuando rompieron con su chico y comprobaron que "releerlo era acordarme de él". Sin embargo, la motivación fundamental para su destrucción (36% de los encuestados) radicaba en la evidencia o sospecha de que alguien lo había leído o podía leerlo.


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